8M: Escenarios en disputa Resistencia feminista en el circuito cultural Miércoles, 22 de Abril de 2026 En este 8M, tres miradas convergen en una misma apuesta. Autogestión, redes musicales latinoamericanas y un periodismo cultural con perspectiva de género. Yajaira Osiris, Ilse Farías y Rocío Alorda, articulan –desde distintos frentes–, una transformación que entiende la música como territorio político y colectivo. Karin Ramírez Recuerdo a sangre aquel 2018, donde la esperanza se trenzaba en la experiencia cotidiana de una universidad pública, marginal y olvidada de Valparaíso. Ese año, las reflexiones recorrían esos fríos pasillos que se mezclaban con el viento inclemente del cerro wanderino. Pero esta vez sería distinto, porque aquellas conversaciones ya no se quedaban suspendidas en el aire, sino que se transformaban en abrazos de consuelo y empatía, visibles solo en los círculos de mujeres. En ese espacio, los rumores dejaron de ser murmullos para convertirse en confirmaciones dolorosas de historias de acoso y violencia que habían permanecido silenciadas durante años. Éramos estudiantes, académicas, directivas que vivían un mismo calvario, como si ser mujer fuese una sentencia. Sigue clavado en mi memoria ese mayo feminista, porque esa vez el protagonismo estaba en la lucha por el piso mínimo de respeto. No queríamos venganza; queríamos –simplemente– habitar ese espacio históricamente despojado de nuestras vidas. Éramos mujeres con inquietudes aparentemente mundanas, pero profundamente vitales. Solo pedíamos algo básico y urgente; queríamos la certeza de poder volver a casa “sin novedad”. Porque así como varias compañeras no han regresado, sabíamos que la próxima podría ser cualquiera de nosotras. En estas líneas escribo desde la lejanía y desde la profunda desesperanza. Busco respuestas en un Chile que parece desconocer lo que algún día fue una pequeña victoria. Miro a mi hija, que aún guarda en los ojos la luz imperecedera de la inocencia, y me atraviesa la culpa de saber que hoy ya no existe aquella esperanza que alguna vez significó anudar un pequeño pañuelo morado. Me refugio en la música como si fuese un escape, una esperanza, una libertad. Reconozco en la música algo más allá, porque encuentro en ella ese grito primitivo de resistencia. Me refugio en las iniciativas que nacen desde la pasión por el oficio musical, y que parecen ser secundarizadas en tiempos donde el monopolio de las productoras dicta la pauta de lo que se nos viene el próximo mes. En tiempos donde la música se diluye en el gesto vacío de “ser fan de ser fan”, las organizaciones que impulsan la visibilización de las mujeres en el circuito musical funcionan como un regreso al origen, a esa rebeldía persistente que incomoda, cuestiona y desarma. La creación de espacios propios como respuesta al machismo y la centralización Hay algo que se repite cuando una escucha las historias detrás de estos proyectos, y es la máxima de que no nacen desde la comodidad, sino desde lo primitivo. Desde esa experiencia reiterada de puertas que jamás se terminan de abrir. Espacios que –por esencia– guardan ese pacto patriarcal en las entrañas, algo que Ilse Farías, fundadora del Colectivo Udara y productora del festival que lleva ese mismo nombre, lo explica sin rodeos: «Udara, como festival, parte porque estábamos buscando un espacio con Aurora Boraz, cachando que la realidad que vivíamos era como espacios bien machistas, con falta de oportunidades. Bajo toda esa lógica de falta de espacio, y también de producir desde nuestra propia medida, bajo nuestras propias necesidades». Ante la sistémica de ver cerrar puertas frente a sus ojos, la respuesta no fue esperar validación, sino crear una instancia, como ella misma subraya, «hecho por mujeres para visibilizar a otras mujeres». No como un gueto, sino como un acto de soberanía cultural. Porque crear un espacio propio no es aislarse; es recuperar el control del relato. La posibilidad de aperturar oportunidades es también decidir los tiempos, cuidados, incluso las curatorías y equipos técnicos. Es preguntarse por quién sostiene los cables, quién programa, quién comunica. Es entender que la producción también es política. Desde otro punto geográfico latinoamericano, Yahaira Osiris, de la organización Mujeres en la Industria Musical Latinoamericana (MIM), empuja esa misma reflexión hacia el territorio: «quería crear una plataforma para que otras artistas, niñas y jóvenes no tuvieran que pasar por las mismas cosas que en su momento me tocaron pasar, que fueron muy dolorosas. La industria de la música tiene que tener un cambio, tiene que tener más», afirma. Su impulso no nace de la revancha, sino de la memoria. De esa experiencia íntima que se vuelve colectiva cuando se reconoce en otras. Pero hay algo más, porque la centralización también reproduce estructuras persistentes de exclusión, porque la variable territorial también es parte de la interseccionalidad en la que opera la violencia patriarcal. «No es lo mismo ser una mujer en la industria de la música en Chile que serlo en Panamá. El convivir también nos hace entender las realidades y tiene que partir de los territorios», señala Yahaira. Desde aquí, es importante comprender que la diversidad no es un eslogan, es una precariedad que cambia según el territorio que se pisa. Crear espacios propios, entonces, también implica descentralizar el mapa y redistribuir las oportunidades. En esa misma línea, Yahaira amplifica el foco hacia otras exclusiones históricas. «También tenemos un compromiso con pueblos originarios que por lo general no les llega tampoco ese acceso a formación, y que ellos también puedan prepararse y poder presentarse en los escenarios». La formación y el acceso no pueden seguir concentrados en los mismos circuitos urbanos y privilegiados; deben expandirse hacia quienes han quedado sistemáticamente al margen. El desafío no es solo sostener espacios alternativos, sino tensionar el centro. «No solamente tenemos que crear estos escenarios que ya los tenemos para todas las disidencias dentro de la industria musical, sino que los escenarios masivos también se conviertan en escenarios diversos». La transformación real ocurre cuando la diversidad deja de estar confinada a nichos y comienza a habitar, con igualdad de condiciones, los grandes escenarios. Por su parte, Rocío Alorda, presidenta del Colegio de Periodistas de Chile, reconoce que el ámbito cultural ha sido uno donde las mujeres han persistido en la construcción de trincheras simbólicas. En efecto, el periodismo cultural «es un ámbito donde las mujeres han seguido creando espacios, han seguido generando trincheras un poco contraculturales también para visibilizar no solamente la cultura mainstream, sino también buscar otros sonidos», sostiene. Trincheras que no buscan sustituir un canon por otro, sino ampliar la escucha. Representación mediática y la narrativa de victimización Hay una escena que se repite cada marzo, nos guste o no: las portadas se tiñen de morado, especiales conmemorativos, playlists “de mujeres”, columnas que prometen reivindicación. Y luego, el silencio. Como si la agenda de género fuese una “conmemoración” más en el calendario editorial, haciendo eco de un establishment malo que vincula la desigualdad estructural con una fecha en el calendario. Ilse Farías lo dice sin eufemismos: «siento que muchos medios se acuerdan solo de nosotras para el 8M, esa huevada igual es super penca». Esta molestia que se transversaliza en los puntos enunciativos de las entrevistadas, apunta a una práctica instalada. A esa lógica donde la visibilización se convierte en gesto simbólico, pero no en compromiso sostenido, como esa “cancha chica”, elitista e insípida. Porque, como agrega, «los medios tienen una gran responsabilidad que no han asumido, que tiene que ver con abrir espacios que sean reales de difusión, no solo para el Día de la Mujer». No se trata de un cupo anual, sino de una política editorial. De comprender que las coberturas no pueden depender del calendario –antojadizamente catalogado– feminista, sino de una convicción estructural y una responsabilidad social de ampliar la escucha, diversificar las fuentes, cuestionar la repetición de los mismos nombres. Yahaira Osiris empuja esa crítica hacia el terreno de la militancia cotidiana. «No podemos llevar todo el trabajo y la lucha solamente al 8M o al 25N, tiene que ser una militancia que vaya a los 365 días del año», afirma. La industria cultural –y los medios que la narran– no pueden reducir la discusión a un par de fechas simbólicas. Porque mientras la agenda se concentra en el hito, la precariedad, la desigualdad y el silenciamiento continúan operando el resto del año. Pero la crítica no termina ahí. Hay también una disputa por el enfoque. «Hoy día las noticias no giran en torno a una propuesta musical; gira en torno a lo que el artista puede generar a nivel de morbo o amarillismo», señala Yahaira. En ese desplazamiento, la creación queda relegada. Desde el periodismo, Rocío Alorda aporta una mirada que incomoda, porque nos desnuda, nos deja de frente a la estructura: «las situaciones de “victimización” de las mujeres no son situaciones excepcionales, sino que son situaciones estructurales en una sociedad patriarcal». Es decir, son expresiones de una desigualdad arraigada. Los medios tienden a encuadrar las trayectorias de las mujeres como historias épicas, reduciéndolas a un binarismo estereotípico (víctima o heroína) y rara vez reconociéndolas simplemente como profesionales. Como advierte Rocío, «la representación y la visibilidad en igualdad de condiciones nos hace súper bien como sociedad. Lo que pasa es que no estamos acostumbrados a ello y nos parece como algo terrible y como una idea de la “feminazi”. Esa caricatura ha permitido que históricamente solo veamos, leamos y escuchemos a hombres». En este contexto, uno de los desafíos que queda de manifiesto para quienes trabajamos en medios y cultura –y aquí la autocrítica es ineludible–, deviene de abandonar tanto el oportunismo del 8M como la comodidad de la narrativa de victimización, no para negar la desigualdad, sino para abordarla desde su dimensión estructural. Se trata de complejizar el relato, de hablar de condiciones y sistemas sin reducir a las mujeres a su herida, y de cubrir su trabajo porque es relevante y transformador. Precariedad laboral y la urgencia de redes de apoyo profesionales Detrás de cada experiencia autogestionada, de cada cartel que intenta ser más justo, hay una realidad menos visible: la sobrecarga. La épica del “hacerlo todo” suele romantizarse, pero en el caso de muchas mujeres en la industria musical, ese intento de volvernos multitasking se vuelve condición estructural. Ilse Farías lo resume con crudeza: «las mujeres siempre estamos como multitareas, por la cosa de la crianza, obviamente vamos a estar siempre en desventaja en cualquier ámbito profesional». No se trata de falta de talento, sino de una distribución desigual del tiempo y del cuidado que se suma a la autogestión cultural: «el equipo es tan chico, las que hacemos el festival somos tres todas multitareas haciendo mil cosas». Así, mientras producción, prensa, gestión y financiamiento recaen en las mismas manos, la precariedad –económica, emocional y física– se vuelve la norma en proyectos que se sostienen con convicción política dentro de una industria que concentra sus mayores recursos en grandes productoras. Frente a ese escenario, Yahaira Osiris propone una respuesta que no se limita a la visibilización, sino que apunta a la formación y al cuidado. «Apuesto mucho a la formación, las acciones también tienen que involucrar el tema de los espacios seguros, del cuidado también y de líneas temáticas que atraviesan no solo el género, sino todas las áreas», sostiene. La profesionalización no puede desligarse de las condiciones en que se ejerce el trabajo. No basta con abrir escenarios, hay que garantizar que esos espacios sean habitables. Desde este punto, las redes dejan de ser un cliché y se convierten en una estrategia de supervivencia. Rocío Alorda lo plantea en términos directos: «la precarización laboral es todo eso… es importante organizarse, hay que estar en red, hay que vincularse». Organizarse implica compartir información, asesorarse, visibilizar abusos, generar protocolos. Implica también disputar condiciones contractuales y exigir estándares mínimos. Porque la precariedad aislada inmoviliza, pero la precariedad compartida puede transformarse en acción colectiva. «Necesitamos romper con ese muro, la representación y la visibilidad en igualdad de condiciones nos hace súper bien como sociedad», señala Rocío. Esa ruptura también interpela al periodismo cultural, llamado a desafiar el pacto que opera de forma transversal, ya que «las lógicas patriarcales de los medios de comunicación se traslapan a todos los ámbitos. Por eso es súper relevante que haya mujeres con mirada de género o mujeres feministas periodistas que permita, justamente, traer otras miradas». En el ecosistema musical –tan atravesado por la informalidad, la precarización y labores ad honorem–, las redes profesionales funcionan como sostén y como plataforma. Permiten que la experiencia no se pierda, que los aprendizajes circulen, que las más jóvenes no partan desde cero cada vez. Si la creación de espacios propios fue un acto de rebeldía frente al machismo y la centralización, la articulación en red aparece hoy como un acto de cuidado y proyección. Cierro estas líneas volviendo a ese 2018 que aún me arde en la memoria. A esa convicción mínima pero irrenunciable de que el respeto no era una concesión, sino un piso. Hoy, en medio de una industria musical cada vez más concentrada, donde el monopolio de las grandes productoras, los sellos y las distribuidoras parece dictar carteleras, relatos e información, la autogestión emerge como un gesto profundamente político. Las organizaciones que nacen desde la precariedad –pero también desde la lucidez– disputan algo más que espacios en un afiche. Disputan sentido. Deciden qué sonidos circulan, qué cuerpos suben al escenario, qué historias se cuentan, pero siempre con una bandera en el pecho, como si el ser mujer fuese más que la caricaturización del deber-ser, porque en estas decisiones, la ruptura es fuga; en esa decisión hay una fisura al status quo de un sistema cultural profundamente indolente y capitalista, que convierte la música en mercancía frívola y sin alma. Tags #8M #2026 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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