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radio rock,metal y vanguardia

The Dead C

Rare Ravers

The Dead C

2019. Ba Da Bing Records
 
El Sonido Consumado o, también llamado, Los Discos Irrefutables. Fundados en 1986 y admiradores declarados de registros formativos e incuestionables como “White Light/ White Heat” (1967) de Velvet Underground, “Grotesque” (1980) de The Fall o “Bad Moon Rising” (1985) de Sonic Youth, los neozelandeses The Dead C disipan y ensanchan dichas perspectivas dirigiéndolas hacia el Ruido, hacia una acepción extendida y constante del mismo, cercana a la abstracción drone. Utilizando toda la fuerza experimental del ya deformado rock, y transformándose en arquitectos o presidentes de la gran apatía mundial, componen o improvisan lo que pareciera ser una sola suite de cuarenta y cinco minutos divididos en tres partes, dos de ellas corrosivas y extensas (veinte minutos cada una aproximadamente), más una tercera, también de características abrasivas, de solo dos minutos, y que separa a las dos anteriores. Todas sin voces, algo excepcional en la discografía del trío. 
 
Una Banda de Oceanía. Disco que abre con ‘Staver’, extenso y dúctil caudal en el que las tormentosas distorsiones provenientes de las guitarras de Michael Morley y Bruce Russell flotan sobre la batería discontinua y matemática de Robbie Yeats. Siempre un trance arbitrario y deliberadamente arisco que permite pequeños momentos de cierta lucidez sonora, de acordes momentáneamente melancólicos que se diluyen, mutan y se vuelcan hacia otros espacios sonoros de cómoda claustrofobia auditiva. Luego de la breve ‘Waver’, en la que las guitarras se envuelven una a la otra, aparece ‘Laver’ y toda su ruidosa creatividad. El trío se convierte en un curtido explorador del ruido, una expedición entre las distintas formas o aristas de la disonancia y la retroalimentación. Guitarras que sobrevuelan la pieza como un ente austero y parco, floreciendo la naturaleza lo-fi de la banda, la que se transforma en un drone de metamorfosis constante, de secciones corpóreamente vagas que sucumben en alucinaciones oscuras, distorsionadamente nocivas.
 
El Ruido Triste o, también llamado, La Voz Humana. Entre el infinito de la música concreta y la vitalidad onírica de sus exuberancias industriales. De lo que construyen o divulgan como un espiral o como una tempestad demolida. En búsqueda del arrebato expresivo de lo mínimo. De su caos y del lenguaje en que gritan los desastres naturales. Lo destruido. Tomando el rol de la naturaleza en la descomposición del todo. Las casas, los edificios, los pájaros, las personas. A las personas que caminan y hablan con tanta soledad. Infectadas de la muerte de todas las estrellas del rock and roll. Todas ellas aún cantan una melodía. Desde otros tiempos y espacios. Oceánicas en la Era del Dolor, en la Edad del Ruido que emana de todo el Ruido. Del viaje al sonido. De otras músicas a la muerte. Con voces ensimismadas. Idas en una saturación ácida del ruido. Del ruido como una grieta en el viaje moderno del hombre. Que se abre y sangra, y caen por entre ella los hombres. Exhaustos entre matices y texturas. Agotados entre la Distorsión y el Deseo. 
 
Carlos Navarro A.




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