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El Cruce

Sin Mentir

El Cruce

2019

Autoedición

Existen varios elementos a considerar al momento de abordar “Sin mentir”, el álbum que trae de regreso a El Cruce. Más allá del tiempo –una década sin material nuevo– o de los diversos proyectos en los que estuvieron sus músicos, que los vieron apostar por distintos lenguajes y formatos en diversos bares y ciudades, lo que de verdad tiene de interesante de este trabajo es que la banda regresa para llenar un vacío, una suerte de orfandad tanto en la misma escena blusera y rockera nacional.

 

La potencia, irreverencia, humor y, por supuesto, rock de alto octanaje, se mezclan en “Sin mentir” con ritmos funk y soul, una audaz movida con la que El Cruce siempre coqueteó pero que ahora, en este trabajo, plasma con todo. Aún así, es el músculo guitarrero el protagonista del primer surco de “Sin mentir”, ‘Santiago’, un retrato a rato violento del trajín capitalino, de la vida que se va entre el viaje de la casa al trabajo, de un extremo a otro de la capital. Como nunca, El Cruce –y Felipe Toro, en particular– consiguen una postal acabada del Santiago del nuevo milenio y de la rabia subyacente de aquellos que, como el protagonista de la historia, sufren con su violencia diaria.

 

Si las guitarras marcan el inicio, la armónica de Claudio “Bluesman” Valenzuela va dictando el camino en ‘Sin mentir’, un blues de factura más clásica, que viene a bajar las revoluciones del funk y disco en ‘Se nos fue el amor’, el segundo corte. Se trata de un surco de marca registrada de El Cruce, en el que “Bluesman” se luce con su interpretación, la misma que acompaña en ‘El almacén de mi vecino’, revelando uno de los fuertes de El Cruce: el retrato de la cotidianeidad. En este caso, al contrario del retrato fracturado de ‘Santiago’, aquí El Cruce rinde un homenaje –no una denuncia– a un símbolo de la vida de barrio y lo hace con una exquisitez de arreglos de bronce, acompañando a los portentosos Toro y Valenzuela.

 

El pulso country –también, un lenguaje relativamente nuevo para El Cruce– se toma la historia de ‘Jenny’, en la parte del disco donde se muestra El Cruce más clásico; ya sea con ‘Jenny’ o con ‘Alzheimer etílitico’, la banda muestra su raigambre más clásica en términos musicales y de temáticas. Todo lo contrario al barroco inicio de ‘Voy a entrar en ti’, con un juicioso arreglo de cuerdas que acompaña este blues explícito –algo que El Cruce se le da muy bien– en el que la banda va detallando, capa por capa, una historia de pasión, tanto carnal como musical.

 

Aunque la guitarra toma protagonismo en la última sección de “Sin mentir”, con temas como ‘Estoy bien’ y ‘Mañana salgo libre’ –esta última, una historia de cárcel rockera que toma mucho de los relatos de Cash o Merle Haggard, por ejemplo– lo interesante radica en lo que se aleja del sonido propio de El Cruce: sea en ‘Ahora sólo quiero olvidarla’ o en la versión en portugués de ‘Se nos fue el amor’, ambos surcos dan cuenta que, en el fondo, El Cruce es un ente que está llamado a la búsqueda permanente entre sus siempre interesantes mixturas: por una parte, el blues de viejo cuño, el sonido de Memphis y particularmente en este disco, la influencia del Motown, siempre bajo una visión localista de la vida. Eso que, en definitiva, es el llamado “blues criollo”.

Felipe Kraljevich

 



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