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Los platos rotos los paga Limp Bizkit

Aggrometal no es una mala palabra, ¿o sí?

Los platos rotos los paga Limp Bizkit

(Este contenido fue escrito a propósito de la última visita de Limp Bizkit a Chile, en mayo del 2016)

Hace rato que Limp Bizkit no es noticia por sus canciones, sino por su estatus. La última que supimos fue que 100 fans llegaron a una gasolinera de Ohio el 20 de abril, esperando que se realizara un concierto anunciado en Facebook como una broma por un usuario equis. La búsqueda de información en torno al grupo arroja resultados de similar calaña informativa: “Ucrania le prohíbe la entrada a Fred Durst” o “Fred Durst y su esposa en una noche romántica”.

Son ecos de la fama que alguna vez ostentaron. Aunque un ejército de detractores, en especial los insoportables melómanos culturati que pululan por la web, pagaría por borrarlos de la historia, los de Jacksonville fueron una de las bandas más importantes del mundo, con ventas de discos que se estiman entre los 40 y los 50 millones, justo al final de una época en que los músicos podían aspirar a niveles de fama hoy inexistentes. Días que nunca volverán.

Pese a todo, aún se destina atención a lo que pasa con Limp Bizkit. El año pasado se viralizaron las disculpas de Tim Commerford por la influencia de Rage Against the Machine en el aggrometal. Sus palabras fueron ampliamente celebradas, pero también llamaron a la disidencia: un artículo de Vice al respecto remataba planteando, en base a parámetros como la continuidad y el rendimiento comercial de uno y otro grupo, que las declaraciones del bajista reflejaban la amargura de un maestro que se ve superado por su discípulo.

De tanto en tanto, aparecen columnas de opinión que enarbolan argumentos a favor de Limp Bizkit. Una de las últimas, publicada en L.A. Weekly, da con la clave de que su nombre se haya convertido en el remate de tantas bromas: la desaparición del contexto en el que triunfaron. El mundo que propició su éxito ya no existe. “Eran la banda fiestera definitiva de la era post grunge. Piensen en ellos como la versión noventera de Mötley Crüe”, sentencia el texto, titulado “Limp Bizkit es mejor que cualquier caca que estés escuchando”.

No es la única vez que han sido comparados con estrellas de la era glam metal, víctimas de una demonización similar. Cuando anunciaron su regreso, el año 2009, Tom Beaujour de la revista metalera Revolver preguntó si pasaría con ellos lo mismo que ocurrió con Warrant o Poison, a los que se les hizo la cruz por años y con el tiempo fueron más aceptados. Su comentario apunta a un factor vital en el rechazo a Limp Bizkit y al nu metal: el revisionismo histórico y los cambios que supone en la apreciación de la cultura pop.

Desde la perspectiva actual, ciertas tendencias de fines de los noventa y comienzos del actual milenio lucen barbáricas. Así ha sido década tras década. Guardando las proporciones, le pasaba lo mismo a Fleetwood Mac, hoy venerados de una forma que hace olvidar el rechazo que su nombre generaba en algunos segmentos. Chris Martin de Coldplay, que entiende el negocio de la música, contó el 2008 que escucharon “Rollin'” con Brian Eno, mientras hacían “Viva la Vida or Death and All His Friends”, y dijo “amo a Limp Bizkit. En 10 años más, la gente empezará a decir '¿Sabes qué? Eran grandiosos'”.

Dadas las circunstancias, por ahora la mejor forma de reivindicar a Limp Bizkit es admitir su ridiculez, burlarse de ella y luego abrazarla como un motivo para justificar la querencia. Así lo hizo Slate cuando formó parte del debate en “Limp Bizkit merece otra escucha”, donde se resume el atractivo del grupo en lo caricaturesco que es el personaje de Fred Durst, tildado de insoportable, quejumbroso y llorón. El otro punto a favor: Wes Borland, el guitarrista cuya mera presencia era una acción de arte, siempre un contrapeso al pedestre Durst.

Pase lo que pase con la imagen del grupo, concordemos en que sus hombros cargan injustamente el peso de toda una generación, y de sus errores de juicio y hasta estéticos. Hagamos memoria: Limp Bizkit no fundó el aggrometal; en eso tuvieron incidencia otros como Anthrax, Fear Factory (vía Ross Robinson), Helmet, Faith No More. Su debut llegó en 1997 después de Korn, Deftones y “Roots” de Sepultura.

En ese entonces el nu metal y todos los que tuviesen filiación con él ya cotizaban al alza. Salieron discos de Coal Chamber, Snot, (hed) p.e., Sevendust, Human Waste Project, Powerman 5000. Al año siguiente, Ozzfest fue dominado por la nueva movida, surgió System of a Down, se colgaron del carro de la victoria Kid Rock y Vanilla Ice, Roadrunner fichó a Slipknot, empezó la gira Family Values. Una cosa es segura: si Limp Bizkit nunca hubiese existido, habría otra banda icónica y superventas en su lugar, pagando los platos rotos del nu metal.

Andrés Panes






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