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The Cult: Guitarras afiladas

The Cult: Guitarras afiladas

El vigente culto al viejo rocanrol
The Cult: Guitarras afiladas

Viernes 6 de octubre, 2017
Teatro Caupolicán

Cuando justo antes de la salida en falso The Cult se luce con la pegada de ‘Sweet Soul Sister’, ‘She Sells Sanctuary’ y ‘Fire Woman’, el tiempo parece retroceder hasta los 70, cuando el rock de guitarras poderosas y estridentes, de riffs robustos y solos que calaban hasta los huesos, eran los reyes del mercado y la música pop. Hard rock en su estado natural. Aquel viaje perceptual, también es vivencial: un público totalmente entregado a la seducción de aquellos sonidos, y saltando una y otra vez como si no hubiese un mañana. Lo único que nos sitúa en nuestros tiempos, es aquella mística pedida prestada a las hinchadas de fútbol latinoamericanas de “corear” los riffs: cuando ya se había acabado la magistral interpretación de ‘She Sells Sanctuary’ –uno de sus mayores éxitos que derrochó potencia en una versión extendida y muy superior a su grabación original- los fanáticos no cesaron en clamar el ritmo del estribillo. Si esa no es la máxima muestra de un show exitoso, entonces cerremos por fuera.

Así The Cult se presentaba por primera vez en Chile, a pesar de haber visitado al continente en varias otras ocasiones. Los seguidores nacionales tuvieron que postergar sus deseos de verlos en acción por más de tres décadas. Pero la espera valió la pena. Los ingleses llegaron convertidos en una leyenda del rock de los 80, aunque no retengan la popularidad de aquella época, su música sigue resonando fuerte.

El show se basó en la presentación de su último disco “Hidden City” (2016), que no desentonó y funcionó como una declaración de principios: no se van a resignar a vivir solo de nostalgia. Pero también fue el repaso eufórico de lo mejor de su repertorio, sobre todo los que provienen de sus discos “Electric” (como una forma de celebración por sus 30 años), y en menor medida “Love” (1985) y “Sonic Temple” (1989). Los temas que le dieron identidad al grupo sonaron vitales, sin rastro alguno del paso del tiempo. Sumando a las ya nombradas, ‘Wild Flower’, ‘Rain’, ‘Lil Devil’, ‘Nirvana’, ‘Peace Dog’ o ‘Phoenix’, estuvieron todas muy bien tocadas y arrasaron con todo.

Con la canción principal del anime “Ghost in the Shell” como cortina, la adelantada presentación de The Cult sí comenzó algo tibia, y con claros problemas en el bajo de Grant Fitzpatrick que no se arreglaron hasta la medianía del show. La impronta dionisiaca de Ian Astbury también estallaría avanzado el show, cuando ya en confianza, dio rienda suelta a todas sus cualidades como frontman, haciendo suyo el escenario. Gesticula, dramatiza, encanta. Se lleva las manos a la cintura de forma desafiante cuando se acerca al borde del escenario, como exigiendo más ovación. También toca y juega con panderos que tira al público, siempre eligiendo a su destinatario. Su canto a veces es errático, pero siendo justos, su caudal de voz sigue intacto, provocando una atracción casi irresistible, sobre todo, cuando logra mimetizar su color de voz con el barítono ligero de Jim Morrison.

Menos estrella pero con igual o mayor protagonismo, al lado derecho del escenario Billy Duffy era el sostén del rocanrol de la banda. Los sonidos que logró sacar de su impoluta guitarra Gretsch blanca eran de alto octanaje, y provocaron una combustión de energía a borbotones. Ante cada riff, la cancha del Caupolicán se convertía en un enjambre agitado, como única respuesta posible a esas canciones que son casi una definición perfecta de rock. Como los talentosos, verlo tocar hace creer que sintetizar lo más atractivo y contundente del oficio como guitarrista es una labor sencilla, para luego caer en la realidad de que sus aptitudes no se ven todos los días. Cada riff, cada solo, cada rasgueo que se escuchó anoche se amplificó hasta cada pecho de los que llegaron al teatro.

Los clichés del rock dejan de serlo en la piel de quienes estuvieron en el lugar y momento en que surgieron. The Cult, iniciados como dark-gothics pero devenidos en banda de estadio y cultores del hard rock de clara escuela rollinga y de los monstruosos AC/DC, casi como una muestra de orgullo adolescente, siguen perpetuando el espíritu de un estilo que en tiempos actuales, algunos de sus mismos exponentes gritan a los cuatro vientos su estado crítico. Pero los de Bradford saben muy bien cuál es su posición: seguir manteniendo viva la llama del viejo rocanrol.

César Tudela
Fotos: Peter Haupt Hillock

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