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Stgo Rock City – Día 1: El ruido y la furia

Stgo Rock City – Día 1: El ruido y la furia

Un viaje a los mejores tiempos del rock
Stgo Rock City – Día 1: El ruido y la furia

Viernes 29 de septiembre, 2017
Estadio Monumental

El día había llegado. La primera jornada del Santiago Rock City tenía dos números tan grandes que se sostenían por su propio peso: el ansiado debut de los gigantes The Who, y un nuevo regreso de Guns N' Roses. El pronóstico de lluvia había amainado, y la bienvenida al festival estaba en manos de Tyler Bryant & The Shakedown, banda más bien desconocida por estos lados, pero que desde el primer momento en que pisaron el escenario, lo hicieron decididos a sorprender. Lo suyo es el rock clásico americano, de clara inspiración en el blues y el southernrock, muy ligado a grupos del sur de EE.UU. como Lynyrd Skynyrd y The Black Crowes. Impetuosos, mostraron pasajes de virtuosismo y una performance más que digna, con Bryant cumpliendo su rol de frontman sin achicarse, desplegando correctas canciones cargadas de guitarras distorsionadas, muy a tono con la mayoría de los grupos que inicialmente habían sido convocados para esta doble fecha. La banda donde también milita Graham Whitford, hijo de Brad Whitford (guitarrista de Aerosmith que lamentablemente se bajaron del festival y el resto de la gira Latinoamericana por problemas de salud de Steven Tyler) exudaban onda. El público, que de a poco llegaba al reducto de Macul, los observó con respeto y los disfrutó. Pero lo mejor estaba por venir.

The Who: Los viejos dioses nunca mueren

The Who es de esos grupos que, pese a toda su historia y todo lo que se ha escrito sobre ellos, por alguna razón, han quedado en segundo plano, a la sombra de otros de sus colegas británicos. Sin embargo, para quienes se adentran en su universo sonoro, el dictamen es categórico: son la banda más grande del rock. Simpatizando o no con aquel veredicto, sí podemos decir que su particularidad recae en que difícilmente los podemos encasillar. Reunieron lo mejor de su época, en paralelo a otros protagonistas que los supeditaban: la armonía de The Beatles, la rebeldía de los Rolling Stones, el poder sonoro de Led Zeppelin, el misticismo conceptual de Pink Floyd. De alguna manera, se las arreglaron para construir una discografía exquisita, con canciones devenidas en himnos, que han atravesado épocas y gustos.

Pero todo lo que uno pueda escribir de ellos no le hace justicia a lo que demuestran en vivo. Así, sin previo aviso y con un estadio que aún mostraba vacíos –debe ser la primera vez en décadas que salen como una banda de medio tiempo-, los legendarios Roger Daltrey y Pete Townshend aparecieron sonrientes en el escenario, preparados para ejecutar una de las más apabullantes cátedras de rock que se han dado en suelo nacional. Podríamos apostar que nadie se esperaba el ensordecedor riff de ‘I Can’t Explain’, demostrando desde ese inicio la electricidad que desplegaba Towshend en las seis cuerdas, y que atronaría durante toda la presentación. Pocos shows han sonado así de fuerte y así de limpio, con una fidelidad a prueba de ingenieros y sonidistas. La aplanadora llamada The Who estaba por pasarnos encima.

A punta de versatilidad y poderío, sobre todo en la guitarra señera de Pete, el grupo realizó un espectáculo “a la antigua”, lo más cercano que estaremos de aquellos lejanos 70, en el cénit de la era rock. La química de los músicos, el entusiasmo en la ejecución y la fuerza de las canciones importan más que cualquier otra cosa. Basta recordar cómo pasó ‘The Seeker’, con el público aún atónito sintiendo el impacto, ya levantando los brazos cuando reconocieron los acordes de ‘Who Are You’, una de las últimas canciones con la formación original.

“Esta canción está dedicada a un músico chileno: Víctor Jara, un revolucionario”, decretaba Towshend antes de ‘The Kids Are Alright’, que sonó pegada a ‘I Can See for Miles’, donde el viejo Pete deja en claro que desde su guitarra no sólo se producen riffs estrepitosos, sino que también melodías refinadas hechas para llenar con gracia cualquier espacio, y que han sido escuela de generaciones de músicos. Para cuando llegó el turno de ‘My Generation’, todo el mundo se entregó al fraseo tartamudeado de Daltrey y el ritmo proto-punk que reventaba los parlantes. Los ingleses eran descollantes, y desde el público se sentían las ganas de romper todo. “Espero morir antes de hacerme viejo”, escribió Towshend a sus veinte años en esta canción. Gracias a los dioses por hacerlo envejecer y poder tener la fortuna de verlo.

El escalofrío por la espalda que provocaron con cada canción se incrementaba cuando Daltrey comenzaba su juego con el micrófono, lanzándolo por los aires, atrapándolo y haciendo todo tipo de malabares, tal y como lo viene haciendo por más de medio siglo. Towshend no se quedó atrás, ya que con una vitalidad envidiable a sus 72 años, gira con vehemencia su brazo derecho como si fuera un molino impulsado por un viento a toda velocidad. La adrenalina no baja, aún cuando tocan ‘Behind Blue Eyes’, una extraña balada que estalla hacia el final, poderosa como casi todo su repertorio. Aunque si hay que hablar de finales gloriosos y explosivos, ‘Join Together’ se lleva el aplauso cerrado.

Lo que sucede en la segunda mitad es su apuesta definitiva. Lo más parecido a lo extraordinario, sin que la palabra quede al debe. El momento en que The Who visita su repertorio operístico rockero, es cuando se siente la amplitud de su legado y el poderío inmenso de su sonido. El set que proponen desde la gravitante ‘I’m One’ de “Quadrophenia” (1973), a aquel himno de la subversión llamado ‘Won’t Get Fooled Again’, del “Who’s Next” (1971), es épico. No deja un segundo para el respiro. Todo es emoción y frenesí. Descarga eléctrica incomparable.

Si alguna vez hubo dudas del talento de Daltrey como frontman, su desplante fue un tapabocas. En una noche inspirada, situado al medio del escenario, como un dios pagano removió cielo y tierra cuando alcanzó su mejor registro en ‘Love Reign O'er Me’, atronando con su garganta las desgarradoras frases de la canción. Sin concesiones a su edad, y preservando el mismo gesto desafiante de su juventud y con una teatralidad precisa. Con la fuerza de los héroes del rock de antaño. Cuando la banda visita “Tommy” (1969), su obra ejemplar  -el disco que hay que escuchar con la vela encendida-, la perplejidad da paso a la conmoción. ‘Amazing Journey’, ‘Pinball Wizard’, y ‘See Me, Feel Me’ sonaron gigantes. Y de paso, construyeron el final de un relato para cientos de fanáticos que vieron en aquel disco el futuro. A veces, los sueños se cumplen.

Cuando parecía que no quedaba más, la inconfundible línea de sintetizador de ‘Baba O'Riley’ fue la llama que encendió a todo el Monumental, que ya se mostraba a aforo pleno. Potente y de calidad certificada. Con un par de bengalas en cancha, la trepidante ‘Won’t Get Fooled Again’ cerraba el show justo cuando los ingleses se sentían más a gusto. Towshend no paraba de arremeter con riffs brutales totalmente apasionado, haciendo poses de guitar hero, sacudiendo su brazo, y saltando con euforia. Todo mientras los gritos en excelente estado de Daltrey hacían lo suyo. Puntos también para el resto de la banda, afiatada y más que correcta, forjando una labor encomiable, dejando todo el protagonismo a los fundadores de manera ceremoniosa. No obstante, sería tremendamente mezquino no destacar la batería de Zak Starkey –hijo de Ringo Starr- en la tarea no menor de emular el excelso desempeño que estampó el mítico Keith Moon.

Con Pete en el piso y Roger descargando los últimos gritos a todo pulmón, los ingleses culminaban su descarga voltaica. Un show legendario, de esos que no nunca se olvidarán. De esos que dejan marcas en el corazón, en los oídos. De esos que quedan intactos en la memoria. Rock en su estado más puro, ruidoso y poderoso. ¿Qué se puede ver en vivo después de The Who?

Guns N' Roses: Reyes de la jungla

El “poloronómetro” no falla. Pese a la cita histórica de tener a uno de los protagonistas del rock como The Who, el público chileno fue a presenciar, nuevamente, lo que Guns N' Roses traía a suelo nacional. A estadio repleto –y con gente que seguía llegando sobre la hora-, cuando la banda icono del glam ochentero salió al escenario, los gritos eran casi tan potente como cuando el cuadro dueño de casa juega en aquel recinto y mete el primer gol a la escuadra rival. Sí, los Guns en Santiago juegan de local.

Con puntualidad, ‘It’s So Easy’ fue el arranque, y la llamada “banda más peligrosa del planeta” tenía todo el escenario para su performance, con iluminación especial y pirotecnia al por mayor. Los Guns saben cómo crear un espectáculo ligado al rock y al marketing, qué duda cabe. Ya con ‘Welcome to the Jungle’, provocan una locura muy cercana a la histeria, echándose al bolsillo a la legión de "gunners" que convocaron. Si en la previa había incertidumbre sobre la asistencia que podía traer la banda, considerando la cercanía con su anterior visita, la productora puede sacar cuentas felices, por lo menos, en este primer día.

Al igual que el año pasado, repiten casi con exactitud aquel setlist generoso de tres horas. Un repertorio que va realizando un veloz viaje en el tiempo, desde las conocidas canciones de los históricos “Appetite for Destruction” y “Use Your Illusion”, hasta cuando se adentran en el repertorio del “Chinese Democracy”, evaporando y frenando rápidamente la velocidad del set. Pero qué importa, las luces de los celulares se encendían y apagaban intermitentes para captar cada hit que la banda interpretaba, como ‘Estranged’, ‘You Could Be Mine’, ‘Civil War’ o ‘Yesterdays’. Un setlist exploratorio en el que no faltaron los covers, desde la correcta interpretación de la ya apropiada ‘Live and Let Die’ de Wings, a ‘Attitude’ de Misfits (con Duff McKagan en el canto), a otros que quedaron más en la anécdota, como ‘Black Hole Sun’ de Soundgarden, o ‘I Got You (I Feel Good)’ de James Brown.

Décadas después de comenzar a hacer rock, los Guns se muestran más artistas que nunca. Se le nota que gozan cada instante, reivindicándose como grupo. Disfrutando del show. Ahí donde Axl parece una caricatura de sí mismo y parece no contar con un gran rendimiento vocal –aunque se defiende bien-, sí se muestra como aquel frontman aún vigoroso y omnipotente, que se pasea por cada rincón del escenario, corriendo de un lado a otro, cambiándose de vestuario. A cada uno de sus gestos extravagantes, el público se mantenía ferviente y al borde del éxtasis. Todas esas gracias del vocalista descansan en la labor entrañable de Slash, el mejor del grupo. La imagen de Mr. Hudson como uno de los mejores guitarristas de rock de todos los tiempos, hace ver fácil cada arpegio y cada acorde en su guitarra, que suena estridente y desafiante. Aunque haya imperfecciones y sus solos de guitarra -que ante el espectador son esenciales para la marca Guns N’ Roses- quizás sobran (como lo de ‘El Padrino’, que incluso aburre), sus credenciales y ejecución, en el global, son de otro planeta. Lo que provocan los riffs de ‘Sweet Child O' Mine’, ‘My Michelle’ (con el mejor registro vocal de Axl), ‘Nightrain’ o ‘Paradise City’ son muestra de su virtuosismo y segregación de testosterona rockera.

Lo que separó a los Guns de una noche perfecta fue en parte el sonido que estuvo muy fuerte y algo saturado, muy diferente a The Who, que pese a sonar igual de estruendosos, no acoplaban ni mostraban el sonido encerrado de los estadounidenses. De alguna forma, ese volumen excesivo contribuyó a que percibiéramos las grietas causadas en el grupo después de años de distanciamiento.

Ahora, el hermoso momento que regalaron cuando Axl se sentó al piano en la mitad del escenario, mostrándose vulnerable y rejuvenecido, mirando al público de frente con sus ojos azules llenos de recuerdos, cantándo ‘November Rain’, no tiene parangón. Aunque nada dure para siempre, la evocación que produce esa canción, junto a ‘Don’t Cry’, mantienen su efecto íntimo. Una conexión única con las más de cuarenta mil personas en ese estadio, que sola una banda como Guns puede lograr. Porque si de algo pueden estar orgullosos, es que han burlado el inclemente paso del tiempo. Veintitantos años después de haber destruido hoteles, y maximalistas como ninguna otra banda de rock, cumplieron con un show que a través de las peripecias, los malabares y las contorsiones musicales de un concierto cargado de emociones, no fue sólo una oda a la nostalgia.

César Tudela
Fotos: Peter Haupt Hillock

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