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Mario Breuer: Alta fidelidad

Mario Breuer: Alta fidelidad

Bemoles y sostenidos de uno de los arquitectos del rock argentino
Martes 08 Agosto, 2017
Mario Breuer: Alta fidelidad

La discografía del rock argentino en la década del 80 es envidiable. A la par de las carreras como solistas de Charly García y Luis Alberto Spinetta, hubo bandas que comenzaron a reconfigurarlo. Detrás de álbumes como “Llegando los monos” de Sumo, “Ruido blanco” de Soda Stereo, o “Vasos y besos” de Los Abuelos de la Nada, entre varios otros, hay un nombre que se repite una y otra vez: Mario Breuer.

“Me gusta el rock desde antes que lo recuerde”, nos cuenta el productor argentino, entre cafés, del último disco de Roger Waters, y un porrito para amenizar la conversación. Depredador de disquerías, como autodefine al convulsivo consumismo melómano de su juventud, se inició formalmente en  la música cuando trabajó en el sello Sonema. “Me sentí rápidamente seducido por las consolas, y empecé a involucrarme con los trabajos en el estudio y acompañar a los ingenieros en las grabaciones”. Ahí descubrió su pasión, y con la idea en mente, parte a Estados Unidos a estudiar Ingeniería en Sonido y Producción Discográfica en la UCLA. “Cuando volví, con unos amigos armamos Estudio del Jardín y empezamos a trabajar. Ahí Charly grabó su primer disco solista, con Cerati antes de Soda, con Calamaro, los primeros demos de Los Abuelos de la Nada… un montón de cosas importantes”.

La argentinidad al palo

- En algún minuto, ¿tuviste conciencia de la perdurabilidad que iban a tener las obras que grabaste?
- No tenía idea lo que estábamos haciendo. Cuando me senté a hacer cosas con Don Cornelio, Sumo, Fito, los Cadillacs, eran todos proyectos nuevos. Ahora se ve como “este tipo grabó con los más grandes”, pero cuando grabé con ellos no lo eran. Ponéle que Charly y Spinetta sí. Ponéle que los Redondos sí, porque cuando trabajé con ellos fue desde el tercer disco, y ya la estaban pegando. El resto, eran novatos o estaban a medio camino. Sí apuntábamos a hacer el mejor disco posible. Soñábamos como cualquier artista con tocar el cielo y ser famosos. Eso sí, poniéndole huevos para obtener el éxito, porque si no, para qué te metés. ¿Para puro huevear? Nosotros no estábamos para eso.

- Aparte del trabajo profesional, ¿cuál crees que fue el detonante para que la discografía en la que trabajaste en los 80 sea considerada esencial en la historia del rock argentino?
- No sé. Por una parte nos resultó muy fácil hacer lo que se hacía en los 80, donde había que deformar la música, ponerse creativos al punto de irse al chancho, en serio. Teníamos ideas como hacer tambores que parecieran disparos de cañón o hacer guitarras que tuvieran tanto efecto que no se supiera qué mierda era. En medio, aunque suene descabellado, tuvimos la “suerte” que un dictador borracho le declaró la guerra a Inglaterra. Fue un error horroroso para la historia argentina, pero un gran favor para el rock nacional, por la prohibición de la música anglo en los medios. Ahí explotó todo.

- A 30 años de varios de esos discos, ¿hay alguno que te siga volando la cabeza?
- Es difícil, hay muchos. Por decirte algunos: "Parte de la religión" de Charly, "Spinetta y los socios del desierto", "Luzbelito" de Los Redondos.

El aval

- ¿Cómo comenzó tu historia con Chile?
- Mi primer trabajo en Chile fue con Sol & Medianoche, con Sol Domínguez, Jorge Soto, Nelson Olguín y Tito Pezoa, que era un guitarrista petizo bárbaro, tipo Jimi Hendrix. Después me alejé y no hice más nada hasta que un día me llama Alejandro Sanfuentes para proponerme trabajar con La Ley. Junto a Alejandro y Jorge Melibosky hicimos un trabajo muy fuerte, con ellos al frente: tuvimos la misión de hacer que el rock chileno empezara a ser consumido, y entendí, gracias a la experiencia argentina, que en ese proceso los medios tenían que hacerse parte.

- ¿Qué hicieron?
- Según lo que nos contaba Melibosky, los medios no apoyaban a los músicos en esa época, año 90-91, salvo Electrodomésticos o Los Prisioneros. La escena era minúscula en varios sentidos, había muy pocos locales, recuerdo. La Batuta y eso era lo máximo. Pero, de alguna forma, Sanfuentes, que creía mucho en La Ley, me fue empapando del nuevo pop rock chileno, y a la par, me fue exponiendo en los medios, y yo siempre, con una actitud políticamente correcta, los hacía responsables para que la música chilena llegara al oído de la gente. Y creo que en eso contribuimos con “Doble opuesto”.

- Luego trabajaste con Los Tres. En la biografía no autorizada de la banda, “La Última Canción”, de Enrique Symns y Vera Land, se narra sobre los desencuentros tuyos con Henríquez cuando los produjiste.
- Álvaro es una persona a quien admiro casi tanto como odio (risas). Lo admiro muchísimo al hijo de puta, es un artista de un tamaño muy importante. Cuando terminamos “La espada y la pared”, se paseó por todas partes hablando de nuestra experiencia: “aprendí cómo un disco no debe ser producido” o “aprendí cómo hacer fracasar un disco”. Me tiraba la peor. Con muy poco sustento, porque con los años, ese disco sigue siendo uno de los más importantes del rock latinoamericano. ¡Reversionado hasta por Café Tacvba!

- ¿Escuchaste después el “Fome”, el disco que produjo Joe Blaney?
- Sí, es un disco increíble, y lo último que escuché de ellos. Después algo de Pettinellis. Lo que me pasa… son sentimientos encontrados, sobre todo con Álvaro. Una vez me lo encontré y me saluda: “Hola Marito, qué hacés forro”, y después el chabón me trae una copia de “Fome” y me dice: “aquí tení un disco bueno de Los Tres”. Titae y Ángel se lo querían comer crudo. Ahora, me quedo con que “La Espada” vendió tres o cuatro platinos y es el disco con que se conoce internacionalmente a Los Tres, porque no se les conoce ni por “Se remata el siglo” ni por “Fome”. Cuando vos hablás de ellos fuera de Chile, la gente dice “¿los de ‘Déjate caer’?”. Ese disco se lo va a llevar a la tumba.

- Volvamos a la actualidad entonces. Sabemos que estás haciendo cosas por acá.
- Estoy prendido a fuego mezclando al Bloque Depresivo, son todos los temas increíbles. También estoy con el disco de Alectrofobia. Mi trabajo es asegurarme que los temas los toquen impecablemente bien. Ajustados, afinados, con onda, y poder transmitir lo que ellos tocan, en vez de transmitir lo hábil que soy editando.

Ruido blanco

- ¿Cómo afrontas como productor los cambios en cuanto a las técnicas de grabación?
- No me importa tanto. Lo único que me importa es la música. Hay grandes formas de echar a perder un disco en el mundo digital al igual que en el mundo analógico. Con la tecnología siempre es así, porque mejora algunos aspectos y empeora otros. Son distintas formas, son distintos tiempos. Yo utilizo cualquier herramienta que a mí me sirva, no me importa si es digital o análogo, tengo de todo en mi estudio.

- ¿Ha cambiado en algo la relación con los músicos en el estudio?
- Poneme una banda en el estudio que suene bien y que trabaje profesionalmente. Eso es todo. Si me ponés una banda que no sepa grabar el 80% de su disco en un día, todavía no está lista. Conservo mi vieja metodología: no arreglo una banda mientras la estoy grabando, la arreglo antes de entrar a grabar. Ese es mi método y lo pienso seguir utilizando.

- ¿Hay algún productor que hoy te llame la atención?
- Rick Rubin me rompe la cabeza. Nigel Godrich es un groso. En Buenos Aires conozco algunos, como Tweety González, que me parece un productor sobresaliente desde todo punto de vista, que marca la diferencia. También está Ezequiel Kronenberg, un productor joven que admiro mucho, que es muy fino; otro chico es Juan Armani, brutalmente talentoso; Lucas Gómez, un cordobés que mete arte en las mezclas fuertemente. En Brasil, hay tres productores de nivel internacional: Ruben di Souza, Dudu Marote y Liminha. Igual, no me veo mucho con la competencia, pero debe haber un millón de productores muy afilados, como el que hizo la canción con Bruno Mars (Mark Ronson).

- En cuanto a la industria musical, ¿cómo la ves en estos tiempos de inmediatez?
- Esto ya se escapó de las manos. La producción no ha cambiado mucho, pero sí las formas de distribución, promoción y consumo de la música. A cualquier banda emergente que necesite abrirse camino y quiera sacar un disco de doce temas, le recomiendo que saquen mejor dos o tres epés. Ir mostrando de a poco. Hoy, si vos sacás un disco, en un lanzamiento quemaste toda la información que tenés, y te quedaste sin contenido nuevo para los próximos años. Da lo mismo si lo sacás en físico o lo colgás en Spotify, pero debes ir lanzando material cada cierto tiempo. Así, en un año, tu música empieza a tomar cuerpo, porque hoy todo es muy efímero. Tenés que saber ir ocupando el espacio durante un tiempo importante para poder hacerte visible.

César Tudela

Mario Breuer, gracias a la gestión de Factoría Cultural, dictará unos cursos de producción en Sala Master el 7 y 8 de agosto, y el 9 y 10 del mismo mes en Valparaíso, en el Parque Cultural Valparaíso (ex Cárcel). Para valores y más información: www.factoriacultural.cl.

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