Daniel Matamala: Ventanas de Poder

Largo y tendido, el periodista de CNN Chile conversa sobre la importancia de sacar a la luz lo que desde arriba quieren ocultar, la forma en que las dinámicas del poder afectan nuestras vidas cotidianas, y el valor del periodismo de investigación para la sociedad.

Acá en Rockaxis tenemos una lista de personajes que, a pesar de no pertenecer al mundo de la música, sentimos que representan nuestros ideales. Daniel Matamala es uno de los primeros nombres que aparecen ahí, un tipo que hace del periodismo una herramienta que funciona a favor de la ciudadanía. Tanto en CNN Chile como en sus columnas de La Tercera y en sus seis libros, el periodista enfatiza la necesidad de fiscalizar al poder para el beneficio de la gran mayoría, y no dejarse convencer tan fácilmente por versiones oficiales que solamente le convienen a unos pocos.

Desde luego, partimos hablando de música. Matamala, si bien confiesa estar un tanto desconectado de la actualidad rockera, terminará esta conversación mostrándonos su playlist cumpleañera (el pasado 24 de mayo cumplió 41 años), con canciones de The Breeders, Eagles of Death Metal, The Cure y The Beatles, entre otros. Durante el rato que conversamos, me contó de su aprecio por Mauricio Redolés y de lo mucho que le gusta The Monks desde que los descubrió hace poco. Supe que estaba ante un fan de la música cuando empezó a hacerme preguntas a mí, con auténtico interés, sobre lo que yo estaba escuchando. Pero esto se trata de Daniel.

- Recuerdo que te vi en el show de Japandroids en el Centro Arte Alameda. Me llamó la atención, porque sé que te gustan los Rage Against the Machine, una banda con harta conciencia política, pero los Japandroids son mucho más viscerales y despelotados. Entonces me pregunto, cómo se para ante la música una persona como tú, que me parece muy racional.
- Hay ciertas bandas que me llaman la atención por su lado político, por su mensaje, por su discurso, por lo que dicen, pero también hay muchas otras que no, que me gustan desde antes de entender lo que hablan y su mensaje. Escucho a Rage Against the Machine, donde el mensaje y la forma en que presentan sus letras son indivisibles de la música, casi inseparables, y lo que representan políticamente es súper potente, pero también escucho a otras bandas que no van por ese lado. Es una mezcla, la música no vale solamente por lo que dice o por su mensaje, aunque en algunas bandas sí es un factor relevante que me llama la atención.

- A veces a uno le gustan cosas que incluso chocan con las convicciones personales.
- Eso es súper bonito, no solo de la música, sino del arte en general. La gracia del arte es que rompe esas preconcepciones y esos prejuicios que, sobre todo ahora, son tan rígidos, como “no, ese tipo de cosas yo no las escucho” o “cancelo esto porque se escapa de mi círculo”. Una de las pocas cosas que tienen el poder de romper esas burbujas que nos creamos es el arte, fundamentalmente la música, porque entra por otro lado también, te puede colonizar por otro lado sin que te des cuenta y después notas que tal vez hay un mensaje que no va tanto con tu preconcepción o con tu prejuicio. Para mí eso es súper interesante y súper entretenido, cómo se rompen esos paradigmas.

- De la música que te gusta, ¿hay algo que vaya contra tus convicciones?
- Es que no soy tan de convicciones políticas, sino que mis convicciones van más por el lado del ejercicio de la profesión, del periodismo, y por el lado de la democracia, el respeto a los derechos humanos. No es que esté abanderado a una causa política y que, por lo tanto, lo que esté afuera me pueda provocar una disonancia cognitiva. Como no tengo ese tipo de razonamiento, entonces no podría decir que me enfrento a ese tipo de situaciones.

- Pero, a ver, volviendo a los Rage y considerando que te destacas por ser equilibrado en tus análisis políticos, ¿qué te pasa cuando ves el video de ‘Testify’, donde se plantea que Gore y Bush son exactamente lo mismo?
- Lo que pasa es que con ellos no estoy de acuerdo en muchas cosas. Cuando tenían su discurso más claramente establecido, era algo súper revolucionario e, incluso, violento. Justificar la revolución a través de la violencia, y no estoy de acuerdo políticamente con eso, pero me parece interesante la forma en que lo plantean, cachai. No es tanto estar de acuerdo necesariamente con lo que dicen. ‘Por qué no se van’ de Los Prisioneros, por ejemplo, es una canción que tiene un mensaje con el que no estoy de acuerdo, me parece muy de división, y encuentro que en la primera época de ellos incluso hay temas con moralina como ‘Brigada de negro’, pero igual me gustan los Prisioneros. No me identifica el mensaje, pero encuentro interesante cómo plantean sus ideas, la forma en que lo hacen. Cuando en ‘Guerrilla Radio’ Zack de la Rocha dice “More for Gore or the son of a drug lord”, no estoy de acuerdo con esa línea, pero el mensaje es potente por lo que dice y por el lugar desde el que viene. Esa parte más racional, si se quiere, funciona al hacer ese análisis.

- A propósito de esa parte racional tuya, ¿cómo te das cuenta de que te interesaba analizar el poder y sus dinámicas?
- El tema del poder siempre es importante en el ejercicio del periodismo. Probablemente me empecé a meter más en eso cuando me fui a estudiar a Estados Unidos. Estuve un año allá, y una cosa que me interesaba aprender tenía que ver con la lógica del periodismo, con sentir que el periodismo tiene que hacerle cierto contrapeso al poder, político y económico, en beneficio de los ciudadanos. Hay una tensión inevitable entre el rol del periodista y el rol de estar en el poder, y esa tensión es parte fundamental del ejercicio de la profesión. A partir de ahí empecé a meterme más. Acá en Chile el tema del poder está muy asociado al poder económico, porque es un poder económico súper concentrado en comparación a otras democracias del mundo. Es una concentración del poder económico muy fuerte y, por lo tanto, menos personas tienen mucho más poder debido al dinero que tienen y a lo diversificados que están sus intereses y a lo poco que hay de libre mercado en muchas áreas. Quería investigar eso, y lo otro que me interesa es poner a la élite frente al espejo. En general, el trabajo de mis columnas no tiene que ver con decir cómo sería un Chile ideal, sino con plantear que la élite dice ciertas cosas sobre sí misma: “estamos aquí por nuestros méritos”, “llegamos aquí a través de la libre competencia”, “somos los mejores”, “este es un país democrático con igualdad ante la ley”. Ese es el típico discurso de la élite. Entonces, yo les digo “ya po’, evaluemos de acuerdo a ese mismo discurso y veamos cuál es la realidad, qué tan cierto es eso”. Y, claro, efectivamente los grandes gerentes de las grandes empresas sí, son gente con estudios, con MBA en el extranjero, etcétera, pero después te das cuenta que más de la mitad de ellos vienen de nueve colegios del barrio alto. Entonces es cierto que han hecho carrera, que sin duda han trabajado, pero compitieron contra los egresados de nueve colegios en un país donde hay miles de colegios, una tremenda diversidad, donde hay muchas ciudades, y todo ese resto, el 99,5%, miró esta supuesta competencia desde afuera. ¿Es realmente meritocrático eso? No mucho. Por eso me dedico a hablar con investigadores, a leer papers, a bucear en muchas investigaciones. Eso permite probar con cifras y con bases lo que estoy diciendo, que es preguntarle a la élite cómo los datos conversan con su discurso.

- A los que tienen menos conciencia respecto a estos temas, ¿podrías explicarles por qué es importante estar pendiente del poder? ¿Cuáles son las ramificaciones de lo que planteas tú en la vida cotidiana?
- Es desde las instancias de poder donde se modela la sociedad que tenemos. Es muy bonito pensar que esto es una democracia donde somos todos iguales, pero no hay ninguna sociedad que en la práctica sea así. Hay desequilibrios de poder en todas las sociedades, y esos desequilibrios inciden en absolutamente todo. En el caso de un cabro joven, por ejemplo, incide en qué alternativas de estudio va a tener, qué tanto se va a invertir o no en su colegio, qué tan igualitario será el acceso a una universidad, a ser profesional. Cuando ese cabro busque una pega, ¿realmente su currículum estará en igualdad de condiciones con los demás o va a importar más que el del lado sea pariente de no sé quién, que haya ido a tal colegio, que tenga tal apellido. Todas las alternativas que se van abriendo en la vida, dependiendo de lo que cada uno quiera hacer, está modelada por la distribución de poder de la sociedad. Es importante ser consciente y entender esa distribución, y a partir de ahí tomar cada uno sus decisiones. Esas estructuras de poder en el fondo permean todo, todo lo que ocurre en nuestra vida cotidiana, incluso como consumidores, que es una dimensión importante de la vida. Qué opciones vamos a tener de productos de consumo a precio justo, si efectivamente habrá una competencia entre quienes ofrecen productos o si van a estar coludidos porque, de nuevo, los gerentes de las empresas son compañeros de colegio y dicen “en vez de competir, mejor pongámonos de acuerdo”, como ha ocurrido, con las farmacias, con el confort, con los pollos, etc. Al final, todo eso termina afectando nuestra calidad de vida, desde nuestra realización profesional hasta lo que podemos comprar.

- Tú estás en una posición privilegiada para explicar este tipo de cosas a través de plataformas grandes, respaldado por gente que te sigue, que va a las firmas de tus libros, que lee tus columnas, que te ve en la tele. Pero, cuando pasan cosas como la elección de un tipo como Piñera para ser Presidente de Chile, ¿no te queda la duda acerca de qué tanto le interesa a las personas realmente el tema del poder a la hora de decidir?
- Es que, en el fondo, la labor del periodista es poner estos temas en la palestra, en la discusión, contar lo que sucede. Lo que decidan hacer los ciudadanos, si es que deciden organizarse o no, o por quién decidan votar, es algo que miro como otro ciudadano más, sencillamente. La labor de uno termina en decir “esta información pongo en las manos de ustedes, estos análisis, estas opiniones que pueden ser útiles”. Qué hacer con eso es decisión de cada ciudadano, no tengo una mirada tampoco como de estigmatizar a la gente por ciertas decisiones. No creo que alguien que vota por un candidato de la derecha sea menos consciente que alguien que vota por el candidato de la izquierda. Hay buenas y malas razones para votar por un candidato. No creo que un sector político tenga el monopolio de los valores, de la nobleza, de la solidaridad, creo que eso está igualmente repartido en todos los sectores. Tampoco creo que un sector tenga el predominio de la corrupción y el otro no, es algo que ocurre en todos lados. Me pasa mucho cuando voy a presentar libros o hablo en universidades que ya, expongo todo, cuento más o menos mis investigaciones, pasamos a la ronda de consultas, y siempre me preguntan qué hacer ahora con esa información, cuál es la solución a todos estos problemas que tenemos como país. Ahí tengo que decir “bueno, no es mi pega”. Los periodistas somos súper buenos para descubrir problemas y plantear preguntas, pero somos súper malos en nuestro trabajo para dar respuestas y ver las soluciones (se ríe). Hay otras instancias de la sociedad a las que les corresponde, y es súper complejo mezclar eso con nuestro trabajo. Por eso tampoco me gustan los que un día tienen la chaqueta de periodista y al día siguiente tienen la de político. Son dos pegas distintas, casi opuestas, no es como cambiarse de ropa y listo.

- A lo Beatriz Sánchez.
- Es que a mí ese proceso de transición abrupta no me gusta. Evidentemente hay gente que lo puede hacer, pero me parece que debiese haber una transición mucho más larga porque son roles en esencia diferentes. La finalidad del periodismo es la búsqueda de la verdad y la finalidad de la política es la búsqueda del poder. Y no digo que la búsqueda de poder sea algo malo, para nada, es un instinto que un político tiene que tener, o si no, no funciona como político. Pero ese cambio de switch no es tan sencillo, a mí esa conversión rápida no me gusta y creo que le hace mal al periodismo, creo que no es saludable para el ejercicio de la profesión porque ahora, con justa razón, mucha gente entiende que uno hace periodismo para pavimentar una carrera política a futuro y te dicen “ah, pero mañana tú vas a ser candidato”, y no, no tengo ninguna intención de hacerlo.



Ir más allá

Matamala cuenta que muchas de las investigaciones que consulta acerca del poder en Chile están escritas en inglés, y son hechas por estadounidenses en sus casas de estudios. Por ejemplo, Seth Zimmerman de la Universidad de Chicago, del que extrajo el dato acerca de los gerentes y sus colegios. Lo que dice me recuerda al libro “Chile inédito, el periodismo bajo democracia” (2002), del fallecido periodista Ken Dermota, otro gringo que se adentró en nuestra pintoresca realidad y reparó en lo difícil que es realizar investigaciones en nuestro país.

- Háblame del valor de la investigación periodística. Acá no hay mucha conciencia al respecto. De hecho, también te vi comentar, cuando lanzaste “Poderoso caballero: el peso del dinero en la política chilena” (2015), sobre lo difícil que fue acceder a cierta información, y a todo el papeleo que había que realizar para lograrlo.
- Partamos de la base que lo que está pasando en este nuevo escenario de medios es que la información que se ocupaba como reporteo ya es un commodity. Si la autoridad quiere decir algo, lo sube a sus cuentas y se reproduce automáticamente. Todo ese valor que había en partir, agarrar tu cámara, subirte a un móvil e ir a la conferencia de prensa, ya casi no existe, es prácticamente cero. Es información que todos tienen y no marca la diferencia. Lo que marca la diferencia es la investigación periodística, cuando vas más allá de lo que alguna fuente de poder quiere que se comunique. Cuando hay una información que una fuente de poder no quiere que se publique, y tú vas y la publicas, haces una contribución, y eso es tremendamente valioso para la sociedad, tiene un valor social importante porque permite fiscalizar al poder y empoderar a los ciudadanos. El problema, y esto es algo súper concreto, es cómo le sacas rentabilidad, porque hacer investigación es caro, significa destinar buenos periodistas, bien formados, buenos reporteros, a lo mejor un mes o dos meses a seguir una pista, a llegar a una conclusión, y el problema es que a veces un medio hace ese esfuerzo, lo pone, lo publica y llega el medio del lado que, sin hacer absolutamente nada, agarra ese contenido, le pone un titular más escandaloso y se lleva los clics y obtiene más tráfico que el que hizo todo el trabajo de investigación. Suben un resumen, ponen el link al original si es que tienen buenos modales, y listo, ganan más finalmente en términos de presencia que el que hizo la investigación. Eso es súper complejo porque, al final, cuál es el incentivo de investigar si no vas a poder obtener ninguna rentabilidad de tu trabajo. Me acuerdo cuando, por ejemplo, “Contacto” se dedicó a perseguir a Paul Shäfer. Estuvieron meses con equipos por todos lados persiguiéndolo, haciendo una tremenda inversión, ¡y lo agarraron! El valor que tenía esa investigación era increíble. Hoy, hacer eso es muy difícil porque los medios no tienen plata, no tienen recursos y no saben cómo rentabilizar con los golpes que logran. Hay una conciencia que todavía no tenemos, y es que, si queremos que haya investigación, tenemos que retribuirla. Ojalá todos pudiéramos donar, dentro de las posibilidades de cada uno, a Ciper, a Interferencia. Es medio impopular decirlo, pero hoy se entiende que la info es gratis, y claro, la info commodity, la conferencia del ministro, el comunicado de prensa, eso es gratis, pero la investigación periodística no, alguien tiene que pagarla, y si no la paga la sociedad que se beneficia de ella, está en riesgo de morir. Si modelos como el de Ciper o Interferencia llegaran a funcionar a nivel masivo, y se consolidaran como modelos de negocio, sería algo muy positivo, porque les entregaría independencia a los medios. Imagínate un medio que logra financiarse únicamente con suscriptores. Ese medio tendría una independencia soñada.

- ¿Qué pasaría si no hubiese investigación periodística?
- Sin la investigación periodística, quedas a merced del poder, de lo que el poder quiere que tú sepas. Si no investigas, eres un replicador de lo que te dice el poder, el gobierno, el poder legislativo. Para las grandes empresas es muy fácil comunicar lo que quieren, tienen mucha plata destinada a eso, departamentos de marketing, agencias de comunicación, relaciones públicas. ¿Pero quién vela por decir “a ver, este contenido es real o no? ¿Qué hay detrás de eso?”. Tiene que haber un contrapeso, y eso lo que tiene que hacer un periodismo profesional. Hoy el contrapeso se entiende como un comentario en las redes sociales, pero eso no es investigación periodística, muchas veces cae en falsedades. Quien tiene ese rol en la sociedad es el periodismo investigativo, y hay que resguardarlo de alguna manera. No es el poder económico ni el político el que va a salvar a ese periodismo. Tienen que ser, de alguna manera, los ciudadanos haciendo una contribución para su propio beneficio.

- Aparte de investigar, cultivas un género del periodismo que no es tan usual en la tele, que es el periodismo de opinión.
- Es “nuevo” que se plantee una opinión fuerte sobre temas que no sean de farándula o deporte, sobre temas que afectan al poder, como la corrupción de los grandes grupos económicos o el caso de corrupción que involucró a un ministro. En un medio como CNN la posibilidad de opinar está abierta, se entiende que la opinión tiene un valor.

- No es llegar y opinar.
- O sea, está bien que todos opinen, y me parece bien que las redes sociales tengan opiniones. El elemento diferenciador que aporta uno es la opinión informada después de haberse involucrado con expertos o de haber investigado en profundidad, y a partir de ahí tener una opinión que no es solamente lo que se me ocurrió o cómo me siento. Ese es el valor agregado que uno como periodista le puede dar a lo que hace. La opinión es relevante para mí porque también sale de la lógica del commodity, de la información que todos los medios tenemos. Es una forma de diferenciarse, es decir “bueno, sobre esta investigación que hemos hecho, somos capaces de ofrecer la siguiente información al respecto”. Si ves los primeros diarios de Chile, La Aurora de Chile, El Ferrocarril, El Araucano, tienen un montón de opinión, son críticos, polémicos, pero en algún momento parece que se entendió que el periodismo era sinónimo de información presentada de manera súper aséptica. Esa es solamente una forma de hacer periodismo entre muchas otras.

- ¿De dónde sale esa idea del periodismo como algo inocuo? ¿Viene de la dictadura o existía desde antes?
- Creo que es como bien mercurial. El Mercurio tiene esa cosa, ¿no? Evidentemente tienen una editorial y una identificación política súper clara, pero presentada de una forma que intenta ser “objetiva”, y eso de alguna manera se convirtió en una especie de estándar. Los diarios antes de la dictadura son al revés, híper ideologizados, con opiniones muy tajantes.

- ¿Pero eso era por la polarización que precedió al golpe? ¿O venía de antes?
- Probablemente de los sesenta sea el fenómeno, no es tan previo, y claro, en el fondo esa sensación de “objetividad” esconde también una falta de filo en el ejercicio del periodismo. Como que es lo típico, decir: “bueno, acá están las dos partes”, “el partido de derecha dijo esto y el de izquierda dijo esto otro, y acá están sus declaraciones y yo me lavo las manos”. Esa es una forma de hacer periodismo que parece muy objetiva, muy aséptica, pero que también oculta un discurso finalmente, porque, ¿qué pasa si un partido dice algo falso y yo no lo hago notar? ¿Si en vez de hacerlo notar, digo “bueno, es que eso dijeron”? Esa es una decisión editorial porque estoy evitando decir que acá hay algo falso. Una decisión editorial, a mi gusto, equivocada. Como ese balance con cronómetro de las campañas presidenciales que se hizo alguna vez, ¿te acordai? Dos minutos para el candidato A y dos minutos para el candidato B, y no po’, así no es el periodismo. El periodismo tiene que ser capaz de ser cuestionador, no solamente de darle un espacio al candidato para que diga lo que quiera. Esa pretendida objetividad, esa falsa objetividad, se entendió como sinónimo de periodismo por mucho tiempo y solamente es una forma. Y no me parece la mejor.



El liderazgo que falta

Una preocupación en la cabeza de Matamala es que el periodismo se mantenga variado y no caiga en la uniformidad. Aparte de leer el New York Times, el Washington Post y el Guardian, también se informaba mirando a John Stewart en el Daily Show, al que alguna vez acudió en calidad de fan, como parte del público. Son formatos, opina, valiosos porque llegan con información relevante y de calidad, que implica trabajo periodístico y está presentada de forma amistosa, a personas que no necesariamente están pendientes de seguir los medios tradicionales. «Siento que hay muchas formas válidas de ejercer el periodismo», asegura. «El tipo de periodismo que yo hago tiene que ver con lo que pienso que es correcto, con los estudios que he tenido y la oportunidad de trabajar en los medios donde he trabajado. No creo que sea el modelo a seguir, ni mucho menos. Me parece bien cualquier periodismo que se haga con independencia, con imparcialidad, que no es lo mismo que objetividad, y con apego por la verdad y por los ciudadanos».

- Me gustaría que te explayaras acerca de la importancia de mantener a raya a los poderosos.
- En los últimos años, ha pasado que hemos tenido más información, y eso permite tener cierto control sobre las cosas que pasan. No es que seamos un país más corrupto, ni que el poder sea más descarado en lo que hace, ni mucho menos. Lo que pasa es que la transparencia es un arma súper poderosa, de las más poderosas que tenemos los ciudadanos. Que se sepa qué pasó. Los ciudadanos tienen derecho a saber que algo pasó, es el primer freno a actitudes corruptas o abusivas. Lo otro es que cuando el poder económico se concentra demasiado, y cuando tiene esa influencia tan grande en el poder político, finalmente lo que está en juego ahí es la democracia. Siempre pongo el ejemplo de los gringos, de lo que pasó hace como cien años en Estados Unidos, en la llamada era progresis, que fue un momento -siento- muy parecido a lo que pasa hoy en Chile. Había un poder económico muy concentrado, los grandes monopolios, los barones ladrones, Rockefeller, etc., que estaban influyendo en el poder político, pero había también una prensa que investigaba, que estaba naciendo en ese momento, muy potente. Esa prensa empezó a revelar todo esto, y se empieza a crear una ola de indignación con todos los escándalos. Y el presidente Roosevelt, que, de hecho, era uno de los protagonistas de uno de los escándalos porque había ganado una elección con plata sucia de estos poderes económicos, toma lo que estaba pasando y tiene la inteligencia de decir “me voy a poner al frente de esta ola ciudadana para reformar las instituciones”, y lideró un proceso que terminó con los monopolios desmembrados, donde muchos de los grandes monopolios del acero, del petróleo y de los trenes se acabaron, fueron obligados a separarse en distintas empresas. De ahí salieron las primeras leyes sobre el financiamiento de la política, las primeras leyes sobre transparencia. Y Roosevelt es uno de los presidentes estadounidenses que están esculpidos en el monte Rushmore porque se convirtió en un héroe nacional a partir de esto. Un tipo que podría haber sido arrastrado por el escándalo, al final, tomó una posición de liderazgo. Ahí digo cuánta falta hace ese tipo de liderazgo, ese tipo de conciencia de decir “acá mi posición debe ser ponerme al frente del movimiento ciudadano”, permitir que se desarmen estas trenzas no tan fijas del poder político y económico. El rol de la prensa ahí fue súper significativo, hubo una prensa más aguja que empezó a fiscalizar lo que pasaba en ese entonces, que empezó a develar escándalos, y así fue como todo fue pasando. Siento que hubo un momento así en Chile, entre el 2014 y el 2015, y luego se desinfló bastante porque, claro, de alguna manera se provocó un efecto de saturación, como que una boleta acá, otra allá, no se entendía nada. Las elecciones sirvieron para polarizar porque un candidato usa en el fondo ese argumento. “Si hay una denuncia contra los míos es porque son los zurdos que nos están atacando”, y al otro lado decían “son los fachos atacando”, entonces ese eje ciudadano versus poder se convirtió en un eje fachos contra zurdos, y eso es muy cómodo para los que tienen el poder, porque cada vez que surge una acusación contra ellos, dicen que son acusados por su color político, ideológico, y convierten todo en una discusión de trinchera. Lamentablemente, las redes sociales ayudan mucho a que eso pase.

- A ti te han dado duro en las redes.
- Y muy poco racionalmente. Hice una columna hablando de las jaurías virtuales, que se lanzan y les da lo mismo cuál es la verdad, de qué se está hablando realmente. Al final la cuestión es “hay algo que me hace ruido, que me provoca disonancia cognitiva, tengo que atacarlo”, y eso es premiado por las redes sociales porque, de la forma en que están hechos los algoritmos, tu burbuja te premia cada vez que reafirmas eso. Y al revés, si yo trato de salir de mi burbuja y digo “oye, este tipo es razonable, escuchemos”, soy castigado por esa burbuja. Eso nos está metiendo en un mundo de burbujas cada vez más herméticas, donde solamente nos relacionamos con el del frente para atacarlo, para buscar alguna cosa que permita ridiculizarlo, funarlo, cancelarlo, y no decir “de repente, en este tema, fíjate que puede que tengas razón, que exista un punto de acuerdo”. Esa dinámica es bien perversa y no sé cómo se sale de ahí.

- De los poderosos y todos sus chanchullos que cubres en tu trabajo, lo que más me llama la atención es la brecha que existe entre lo legal y lo ético. “Lo que hice no es ilegal”. Siempre se sacan los balazos con eso.
- Es un argumento que usan mucho los políticos. Dicen eso cuando se ven en algo éticamente inaceptable o políticamente impresentable. No puede ser que el único estándar de comportamiento de un político o de la gente en su vida sea que no los pillen cometiendo un delito. “Si no me pillan, está todo OK”. Esa brecha no puede ser. Una vez hablé con el Presidente Piñera, cuando era candidato, a raíz de lo que hizo Longueira en la tramitación del royalty, pero Piñera decía “es que no ha sido condenado”, “presunción de inocencia”. Perfecto, pero como Presidente, lo que le pido, es que evalúe si la conducta de ese colaborador suyo le parece correcta, legítima, o no. Eso no lo decide un juez, eso lo decide un presidente con su equipo de gente con la que trabaja. Esa brecha la usan siempre. Además, está el problema de que en Chile hay muchísimas formas de zafar de los delitos relacionados al poder, que sean condenados efectivamente, por un montón de razones. Primero, porque muchas veces ni siquiera son delitos que existan en la legislación. Casos emblemáticos como la colusión no eran delito, por ende, ellos dicen “no hicimos nada ilegal”. Sí, efectivamente no hicieron nada ilegal, porque eso, que en cualquier parte del mundo es un delito, acá no lo es. Después, tienen un montón de artimañas. Actualmente en Chile solamente hay tres delitos que la fiscalía no puede perseguir si no tiene autorización de un ente político. No puedes perseguir evasión tributaria si no se querella Impuestos Internos. La fiscalía puede tener todas las pruebas, te puede pillar evadiendo impuestos, pero si Impuestos Internos no se querella, no pasa nada, zafaste, que es lo que pasó con los políticos y el financiamiento. La corrupción es delito, pero solamente se puede investigar si hay una querella de la Fiscalía Nacional Económica. Y también están los delitos electorales. La fiscalía puede pillar a un político cometiendo delito electoral in fraganti, pero si el Servel no se querella, no se puede investigar. El detalle está en que el Servel, el Servicio de Impuestos Internos y la Fiscalía Nacional Económica, son todos órganos que son designados por el poder político, entonces tienen como una red de protección. Y lo curioso es que, si lo piensas, esos tres delitos son precisamente los que comete el poder. Un ejecutivo de una gran empresa o un político pueden salir a la calle y, no sé, carterear y robar celulares y ahí, claro, la fiscalía lo puede perseguir, pero evidentemente no es el tipo de delito que el poder comete (se ríe). Son justo los delitos que puede cometer la élite los que tienen todas estas protecciones. Además, tienen muy bajas penas, y por lo general no son penas de cárcel. Y son delitos sofisticados, difíciles de probar. Si se querellan contra ti, si te pueden investigar y si te logran condenar, aun así, no vas a ir preso, como el “Choclo” Délano y Lavín, que terminaron en clases de ética. Hay un montón de capas que les permiten separar y decir “lo que yo hice es legal”, “está en el marco de la ley”, “tengo presunción de inocencia”, “no es delito”. Ese no puede ser tu estándar, sobre todo si tienes todas esas protecciones, que son distintas a las del ciudadano común y corriente que comete un delito.

- Ya, Daniel, entonces, ¿cómo se soluciona Chile?
- (Se ríe) Somos malos para dar esas respuestas los periodistas. Debe ser porque nos quedamos sin pega cuando se solucionan los problemas.

Andrés Panes

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