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Death Song

Death Song

Death Song

Lunes 12 Junio, 2017

2017. Partisan Records

Dentro de la actual escena de la nueva sicodelia, han surgido varios discos que se han transformado en el resabio del rock. Desde Tame Impala a Föllakzoid. Desde Black Mountain a Heron Oblivion. Las armonías volátiles, los riffs como mantras, y bajos que representan la pulsión de una generación que ha tomado una de las grandes revoluciones inconclusas en la historia del rock, se han convertido en el zumbido constante del espíritu de nuestro tiempo. Ruido del que The Black Angels ya lleva emitiendo desde hace algún tiempo no menor.

Curiosamente, para los oriundos de Texas, cuyo nombre remite a la disonante canción de Velvet Underground, ‘The Black Angel's Death Song’, para su quinta placa decidieron completar la referencia y titular a este trabajo, justamente, “Death Song”. Sin duda, un acto arriesgado, al establecer la conexión directa –por lo menos de nombre- con una banda tan representativa e influyente, pero que dice mucho del descaro y la confianza que eso implica. ¿Resultado?

“Death Song” es la conclusión de un sonido que ha pasado por varios procesos, yendo y viniendo del stoner y el garage de los 70, a veces más duro, a veces más pop, a veces más lisérgico, a veces más experimental. Siempre manteniendo esa hambre de querer hacer un disco sólido y único.

Si su anterior disco “Indigo Meadow” (2013) mostraba una propuesta más pulida, muy referencial al pop sicodélico británico, ahora vuelven a retomar el fuzz y el drone, en dosis justas, con el que alguna vez coquetearon, con un perceptible filtro moderno. Hay una querencia épica a la hora de armar el disco, con canciones impulsadas por intensas cargas de energía que lo hacen cautivador. Pero también desde su temática, porque éste es un disco crítico, más cerebral que explícito, y apelando a una subversión interna a distintos temas, más allá de lo estrictamente sociopolítico.

El descontento del quinteto parte en ‘Currency’, de naturaleza eléctrica e hipnótica, con guitarras amenazantes y voces salvajes condenando al capitalismo, que concluye en cómo nos hemos convertido en esclavos de la rutina laboral (“You've paid with your life / A slave from nine to five”). Esta nueva canción protesta va apareciendo también en otros momentos del disco: ‘Comanche Moon’ es un deleite sónico que se deshace y fluye como una montaña rusa, con un final alucinante, y que narra el daño hecho a los nativos norteamericanos durante siglos. ‘Estimate’ es un lamento conmovedor y móvil, cuya crítica es referente al envenenamiento a niños a través del agua potable manipulada. ‘Medicine" tiene ritmo contagioso y un beat bailable preciso entre voces reverberadas, que hablan de la aparición y dependencia hacia los productos farmacéuticos.

Pero también hay momentos para respiros, y para notar la ambición de la banda por hacer de la sicodelia algo aún con más bemoles. ‘I’d kill for her’, cargada de riffs distorsionados, una sección rítmica creciente y la voz hipnótica de Alex Maas, que esta vez relata sobre el cruce entre el amor y la violencia. ‘Half Believing’ canaliza el pop gótico operístico de Echo & Bunnymen hacia algo aún más denso y flemático, cuya letra es ambigua, entre la desintegración de una relación o la desconfianza de la gente y su gobierno. Donde no hay dudas es que esta canción se alza como una de las mejores canciones del disco. Y del año.

Hacia el final, la banda nos sorprende con ‘Life song’, casi como una resucitación con electroshock luego de la sicodélica oda a la muerte ‘Death march’, y que aparece como una épica emocional de seis minutos, que brota desde el éter de ‘Space Oddiity’ y de ‘Let Down’ de Radiohead, y que busca explotar en algún momento. Un deslumbrante viaje al cosmos, y que al igual que el Mayor Tom de Bowie, nos invita a flotar a nuestro destino final.

A pesar del camino recorrido por The Black Angels, “Death Song” se siente como un nuevo capítulo de comienzo notable. Posee una fuerza inherente que pasa por distintos niveles de intensidad, un sonido que busca experimentar sobre sí mismo y una misión de visibilizar, a través del rock, historias que deben ser contadas. Un disco inteligente, creativo y energético. De nombre conclusivo, pero que deja abierto al debate: ¿la muerte de las canciones legitimando la existencia de las mismas?

César Tudela

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