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In•ter a•li•a

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Miércoles 17 Mayo, 2017

2017. Rise

Un poco de historia. Cuando At The Drive-In apareció en la escena underground del hardcore, a mediados de los 90, fueron un disparo a quemarropa. Sin pedir permiso a nadie, cambiaron los códigos del estilo, haciéndolo más caótico, más veloz y más brutal, transformándose en nuevos pioneros del post-hardcore. Su trabajo llegó a un punto de distinción en el 2000 con “Relationship of Command”, álbum con el que se situaron en la primera línea del rock mundial, encabezando festivales, generando influencias y hasta apareciendo en MTV. Incluso, para algunos críticos pasados de listo, este disco contempló un fenómeno parecido al de Nirvana diez años antes, catalogándolo como el “Nevermind de principio de siglo”. El inicio del fin. En 2001 la banda anunciaba su separación, y nadie entendía nada. ¿Cuántas bandas se han dado el lujo de separarse justo en lo más alto de su carrera?

16 años después, y con mucha historia entremedio –The Mars Volta, Sparta, Bosnian Rainbows, Antemasque- la banda decide juntarse, esta vez no sólo para realizar giras sino que para entrar al estudio y comenzar a componer. A revivir una historia de adolescencia con la experiencia inevitable del paso del tiempo. La incógnita ahora es otra, ¿cómo suena una banda luego de tantos años de inactividad? El propio Omar Rodríguez-López da las primeras pistas: “hay que honrar la personalidad de la banda, ante todo”.

El resultado: “In•ter a•li•a”, a primeras luces, un regreso sin contemplaciones. Como buena banda que ha sabido leer sus tiempos –ayuda su incorporación al sello Rise-, luego del anuncio, tres singles de adelanto ayudaron para hacerse una idea de cómo venía esta vuelta. ‘Governed by Contagions’, ‘Incurably Innocent’ y ‘Hostage Stamps’, fueron tres golpes certeros, donde parecía que la banda se había reencontrado con su historia, gracias a una ejecución impredecible de fuerza y de velocidades melódicas. Pero luego de estos golpes que tiran al suelo, y ya escuchando el disco en su totalidad, no alcanza para noquear. Diecisiete años alejados de un estudio es demasiado tiempo para una banda cuya bencina era la adrenalina y la furia juvenil.

Lo primero que hay que entender es que los años de excentricidad y retorcimiento musical de cada integrante los alejaron de los excesos. Del urgente hardcore con el que impactaron a principios de siglo, hasta el excesivo barroquismo progresivo de The Mars Volta o la apática simpleza de Sparta. Sí, es innegable que la banda nuevamente apostó a la construcción de canciones que fuesen sencillas, directas y efectivas, pero lo que hizo grande a At The Drive-In es que, justamente, nunca fueron sólo canción punk, sino que llenaban el espacio con muchos detalles, desafiando los convencionalismos. Y de eso es lo que carece “In•ter a•li•a”.

Entonces, lo que tenemos es la versión menos completa de At The Drive-In, donde sin duda encontramos su esencia más pura: la base hardcore, guitarras con el sonido propio y visceral de Rodríguez-López, la batería de Tony Hajjar que sigue pegando duro, más los crípticos y directos versos de Bixler-Zavala, pero que perdió consistencia (desde los gritos en los coros de Omar, hasta la ausencia de uno de sus fundadores, el guitarrista Jim Ward, cuyo protagonismo parecía relegado, pero que en el desarrollo del disco se nota su falta). Las consecuencias son obvias: el mundo quería un sucesor a la altura de “Relationship of Command”, y la banda nos entregó un disco más germinal, como “In/Casino/Out”, donde aún se encontraban en estado exploratorio del sonido único.

Por lejos, la mejor canción es ‘Governed by Contagions’. En tres minutos y medio, el quinteto rescata la actitud, sonido y gancho de su obra más sobresaliente, y reparte una seguidilla de puñaladas certeras que parecen no dar tregua. Ahí está Rodríguez-López desplegando un sutil arreglo de guitarra en medio del caos y el sonido demoledor del resto de la banda, y Cedric Bixler, que da rienda suelta a su estilo proto-rapero, con el que va construyendo una especie de elegía a la humanidad destruida por el poscapitalismo. La banda entiende que para que una canción sea política, tiene que ser algo más que de una rebelión temporal: tiene que profundizar en la esencia de una identidad con la honestidad implacable. En ello radica el poder de esta canción. ¿Cómo hacer para que el aplauso se vuelva un elemento tenebroso y te aleje de la pista de baile? Ponerlo justo después de que Cedric susurre “así es como suena la guillotina“.

El resto, una colección de canciones muy potentes que tratan de compensar casi dos décadas de ausencia y no sonar oxidados. ‘No Wolf Like the Present’, ‘Continuum’, ‘Incurably Innocent’, ‘Torrentially Cutshaw’, ‘Hostage Stamps’, son buenas canciones que pasan la prueba de una banda legendaria, que intenta su regreso desde lo musical, más que como una excusa para seguir tocando sus clásicos en nuevas giras y luego pasar a facturar por caja. Para nada son covers de sí mismos, como lo ha planteado cierta crítica, sino canciones que reflejan, a pesar del funesto recuerdo de sus presentaciones en 2012, que la banda se siente cómoda volviendo a tocar juntos.

Y reiterar, ni ellos tienen ya veinte años, ni nosotros somos esos adolescentes confusos y enrabiados que nos quedamos asombrados con aquel torrencial despliegue de furia cuando los escuchamos a principios del 2000. Las altas expectativas les jugaron en contra, pero sacándose todas las ideas preconcebidas que se pudieran tener, “In•ter a•li•a” resulta siendo un disco más que interesante.

César Tudela

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