Beth Gibbons, Krzysztof Penderecki and The Polish National Radio Symphony Orchestra

Henryk Górecki: Symphony No. 3 Symphony of Sorrowful Songs (Op. 36)

2019. Domino Recordings
 
Pocas veces se puede decir con certeza que una voz está destinada a una obra. Pero lo que sucedió en 2014 entre la icónica cantante británica de trip-hop Beth Gibbons y la Orquesta Nacional de la Radio Polaca dirigida por Krzysztof Penderecki –uno de los compositores doctos polacos más importantes del último tiempo– en el Gran Teatro de la Ópera de Varsovia, tiene mucho que ver con estar en el lugar y en el momento correcto. Aquel registro, guardado celosamente por cinco años, se publicó hace algunas semanas y, para quienes no son muy cercanos a las obras sinfónicas pero sí a la carrera de Portishead, y sobre todo a la de su vocalista, resulta ser un trabajo paradigmático, sorprendente, y espeluznantemente sobrecogedor.
 
La tercera sinfonía de Henryk Górecki (para soprano y orquesta) –también llamada “Sinfonía de las canciones tristes o de las lamentaciones”– fue estrenada en 1977, época en que fue resistida por la crítica, pero que con el tiempo llegó a transformarse en una obra que se convirtió en una de las más importantes del siglo XX, pionera del movimiento minimalista de la música docta contemporánea. En esta nueva versión, con la voz tímida, trágica y suspirada de Beth Gibbons –que tomó el desafío luego de un show de Portishead en Cracovia en 2013–, toma nuevos ribetes de interpretación y, por ende, de percepción. 
 
La cantante se pone al filo de la navaja, ya que sabemos no tiene formación docta profesional, ni habla polaco, y menos tiene técnica lírica ni un registro soprano (el suyo es contralto). Sin embargo, y tras recibir clases de canto, idioma y fonética, su interpretación se centra en realizar una inyección emocional de lo cantado, con su voz quebrada e imperfecta, que descansa sobre una instrumentación sombría y silencios fantasmales que pasan a ser parte de la obra misma.
 
En los tres movimientos de la sinfonía, la dinámica lenta, minimalista y repetitiva de cuerdas, vientos y piano que recrean la gris atmósfera de la posguerra, pareciesen estar esperando las plegarias llenas de dolor de Gibbons, que sin gran potencia ni técnica lírica, logra transmitir, a través de su performance vocal, la fragilidad y tristeza de los versos de la obra. Es la sensación humana de la pérdida la que canaliza, de alguna forma, el vibrato de Gibbons, que encuentro su mejor espacio en el segundo movimiento, ‘Tranquillisimo’, donde su estilo más bien recitado va haciendo carne el lamento de su canto, cuyas líneas son de un texto dejado por una joven polaca encerrada en la prisión de la Gestapo durante la Segunda Guerra.
 
Este regreso parcial de la artista de Bristol es honesto, único y de culto. Desde una crítica del mundo pop, significa uno de los grandes momentos de la música clásica contemporánea, en un cruce fascinante entre vanguardia y tradición. Una nueva versión de una obra que sigue en movimiento. Sobre todo, provocando una nueva sensación desgarradora de melancolía. Redefiniendo el significado de saudade, la mejor palabra para describir lo que provocan los 55 minutos del disco.
 





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