Saint Vitus

Saint Vitus

2019. Season Of Mist

La etiqueta de la versión física de “Saint Vitus” (2019) no se equivoca: “Ideal para fanáticos de Electric Wizard, Black Flag y Sleep”. Y es que tan solo basta con escuchar los primeros minutos de la obra para notar que la leyenda del adhesivo está en lo correcto, ya que el traspaso de influencias en lo más reciente de los padres del doom metal es notoria, aunque también ofrece llamativa evidencia de la revitalización de sus señas de identidad. Esta combinación entre lo que han traspasado y lo que han absorbido entrega un sabor especial a un noveno disco capaz de resaltar las fortalezas de un clan que no necesita presentación.

Al igual que Candlemass en “The Door to Doom” (2019), Saint Vitus reanuda la sociedad con el vocalista de su debut, lo que de alguna manera vuelve a conectarlos con sus orígenes. Scott Reagers se reintegró en 2015 tras la salida de Scott “Wino” Weinrich para asumir nuevamente la capitanía en una grabación y darle continuidad a una labor que cesó en 1995 con el increíble “Die Healing”, última reunión con la formación original. A pesar de que ha sido Wino quien ha estampado sus cuerdas vocales en más registros de Saint Vitus, es Reagers el encargado de reafirmar una química perceptible en sus discos clave. Al escuchar su lunática interpretación en ‘12 Years In The Tomb’ pareciera que los años no hubiesen pasado, como si se hubiese congelado para reclamar su estatus de crooner de la muerte.

Es más, la monumental labor de Reagers es solo la punta de un inmenso iceberg de hielo negro conformado por una maciza ejecución instrumental. El baterista Henry Vasquez cumple una década en el grupo reemplazando al fallecido Armando Acosta y para este segundo larga duración con la banda vuelve a tener un rol fundamental como aglutinador de todos los elementos. En ‘Remains’ destaca con una introducción muy dinámica y de harta pirotecnia que luego decanta en un desarrollo lento y gris. Esa dicotomía entre la lentitud fúnebre y la voracidad agresiva se repite a lo largo del disco, incluso reduciéndose al mínimo en  ‘A Prelude To…’ para marcar los tiempos del solo de bajo que conducirá a la heavy metalera ‘Bloodshed’. De hecho, las cuatro cuerdas del recién llegado Pat Bruders (Goatwhore, Down, Crowbar) resaltan como elemento central, no solo en los cambios de dinámica que modifican el carácter de los cortes, sino que lucen como pieza introductoria en ‘Wormhole’ y aportan el grosor preciso para respaldar a un veterano en gran forma como Dave Chandler. Como era de esperarse, los riffs del guitarrista colonizan toda la placa y serpentean por las ramas sónicas con el único fin de estrangular los sentidos del oyente. Las líneas de guitarra en ‘Hour Glass’ recuerdan las técnicas que Mike Pike utiliza en los solos de Sleep, impulsando el aura hipnótica de un track nebuloso, sofocante y opresivo. Siguiendo esa línea, ‘Last Breath’ tiene un hálito lúgubre que recuerda al primer Electric Wizard en la repetición narcótica de su idea principal, siendo este el momento en el que Saint Vitus se apodera de toda su tradición para resumirla en casi seis minutos y medio. En las antípodas está ‘Useless’, un adrenalínico hardcore punk que pone el punto final invocando el espíritu y la brutalidad del mejor Black Flag, lo que da cuenta de un lado más visceral que desarrollan de manera brillante.

Tras siete años de silencio discográfico, Saint Vitus vuelve a las pistas revitalizado, con una formación actual que encara bien todos los flancos y además asume con propiedad la influencia de músicos a los que sirvieron como modelo. Quizá el único punto débil sea los atisbos de experimentación que intentaron en ‘City Park’, transición noise que cuenta con un spoken word de Chandler, pero que no conecta bien con su antecesora, ni menos con su predecesora, convirtiéndola en un track absolutamente descartable. Fuera de ello, solo queda disfrutar del sólido momento que estos totems del doom norteamericano encapsulan en un regreso que supera a "Lillie: F-65" (2012), no porque este haya sido un esfuerzo deficiente, de hecho es una muestra contundente de la encarnación con Wino en el siglo XXI, pero carece del ritmo y la vitalidad que este segundo homónimo muestra en todo momento. A 35 años de su debut, Saint Vitus renace para que todos puedan volver a escuchar su grito distante lleno de fuzz.    

Pablo Cerda




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